Cosas que le dije a Jhon Lennon
Cosas que
le dije a John Lennon cuando lo encontré a las nueve de la mañana en Central
Park
John Lennon, con una chaqueta de mezclilla y sus icónicos anteojos
redondos, parecía más joven que sus 40 años cuando me lo encontré (por primera
y única vez) una mañana helada en Central Park, a la altura del Strawberry
Fields Memorial. Lo acompañaba Yoko Ono, vestida de negro, como un oráculo
que a la vez quería protegerlo y dejarlo libre. Esa serenidad casi mística fue
lo que me permitió reconocerlo. Solo John Lennon podía caminar a esa hora, con
ese frío, por ese parque que rodea la ciudad que tanto lo había amado y acusado.
Eso le habría dicho, si hubiere tenido el valor o la torpeza de
acercarme. Que no había nada más lennoniano que encontrármelo ahí y no
en un estudio de Abbey Road, en un pub de Liverpool o en los pasillos
infinitos de la Apple Corps. Me habría gustado confesarle que solo él y
yo podíamos entender la necesidad de caminar por Nueva York como si fuera
todavía una ciudad que podía salvarnos. Pero para que lo entendiera, tendría
que haberle explicado quién era yo, y ni mi torpe inglés ni su paciencia
generosa habrían permitido ese lujo.
Si hubiera podido hablar con él, le habría dicho que estaba ahí por él.
No solo en Central Park a las nueve de la mañana, sino en Nueva York, en pleno
invierno. Que, por él, o gracias a él, o por culpa de él, me había lanzado a la
poesía cuando no tenía más que un cuaderno de poemas y una habitación demasiado
fría. Que, como él, creí que la honestidad podía ser un arma política y la
ternura, un acto de rebelión. Que, como él, aprendí a desconfiar de los héroes
y a buscar en la poesía el consuelo que no daba el mundo.
Le habría contado cómo sus canciones me enseñaron que la vida no siempre
es justa, pero la belleza insiste. Cómo me refugié en los acordes de Imagine
cuando no tenía palabras, o cómo Jealous Guy me ayudó a entender la
cobardía de la duda. También le habría dicho cómo, después de tanto, tuve que
aceptar que hasta los pacifistas tienen sus guerras privadas, que no era un
santo, ni un mártir, ni un mártir que no quería serlo. Solo un hombre que no
soportaba la cárcel de la hipocresía y que a veces se perdía en sus propios
reflejos.
Le explicaría —con el poco inglés que tengo y el mucho que me gustaría
tener— que, aunque no podía culparlo por haber creído en el amor como un acto
absoluto, sí podía culparlo por no haber visto venir la bala. Por no haber
sentido el peligro en la mirada del que cree que la vida se resume en un
disparo. Por habernos dejado, a los que crecimos escuchándolo, sin esa voz que
nos hacía sentir menos solos.
Pero ese disparo, ese crimen sin sentido, fue también la confirmación de
lo que Lennon siempre dijo: que el amor no te salva de la muerte, pero puede
salvarte del miedo. Que el miedo es la última barrera que el amor quiere
derribar. Y esa mañana, cuando lo vi en Central Park —ese parque que parecía un
bosque encantado congelado—, sentí que había aprendido la lección que me había
costado años entender.
Me habría gustado decirle, llamándolo John, con la confianza de creer
conocerlo, que su música me enseñó a resistir cuando no quedaba nada por que
luchar. Que cuando la ciudad parecía devorarme, encontré refugio en sus
canciones como náufrago que soy, que no sabe si quiere ser rescatado o solo
seguir flotando eternamente. Que gracias a él entendí que la nostalgia no es
tristeza, sino un homenaje a lo que no podemos cambiar.
Le habría contado cómo la ciudad que le acogió terminó convirtiéndose en
un escenario de su tragedia. Cómo ese Central Park, que ya no es ni suyo ni
mío, guarda todavía la ternura de sus pasos y la furia de sus palabras.
Cómo, en el eco de su voz, aprendí que la memoria es el único país donde
uno puede sentirse ciudadano.
Y le habría dicho (como quien reza) que los que crecimos con sus
canciones todavía creemos que el mundo puede ser uno solo, sin banderas ni
muros, aunque sepamos que eso es apenas un verso en un vinilo que gira y gira,
como un mantra sin fin.
Pero en lugar de hablar, lo dejé pasar. Con su andar sereno, esquivando
los fantasmas que solo él podía ver. Envuelto en su chaqueta, como un faro
apagado en la niebla, como un profeta cansado de repetir las mismas verdades. Y
me fui, sabiendo que no hacía falta decir nada, que a veces, el silencio
también puede ser un acto de amor.


0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio